
Un día más que pasa entre dormida y despierta, sin saber cuanto tiempo ha transcurrido. Una sensación de hambre y la boca seca, además de una necesidad inmensa de dormir, ni siquiera tenía deseos de moverse, no hablaba, la voz la abandonaba. Hablar demandaba una energía que no tenía. De modo que solo alucinaba o soñaba.
El breve cuerpo se desvanecía, cerraba los párpados afiebrados en esa cara pálida y manchada. Pasaban las horas y al abrir los ojos, miraba las ramas del árbol frente a ella, se da cuenta que el tiempo ha pasado por la cantidad de luz u obscuridad que se cuela por la ventana, así la luz alcanza cierta altura que ilumina la sala fría de escasos muebles.
Es medio día y Los rayos del sol van directo como flechas que se clavan en su carne delicada, juegan y dan color a los bellos de su piel, hacen sombra en las mejillas, que al aumento de temperatura se muestran sonrosadas. El sol como un fuerte soldado cuidando a la joven que murmura para ella, mientras escucha el rumor de la gente que pasa.
A lo lejos se oyen pasos que se acercan y se apagan; ella por momentos imagina el mundo de afuera, con su río de gente que pasa, que gira, que viene, va. Es el mundo que pasa sin tocarla. La oscuridad se presenta y la envuelve, las luces de los autos se reflejan en el techo, ella las mira hipnotizada. Se confunde por un momento, no entiende los sonidos de la vida que se apaga.